Incendio en las aguas

Un dichoso día de Julio, hace algunos años, me encontraba dando un bonito recorrido en tren acompañada de un grupo de turistas ansiosos por conocer mundo. Era uno de esos trenes turísticos que, a velocidad de paseo, tardan en llegar a su destino.

Llevaría aproximadamente una hora de viaje, una hora intensa narrando las curiosidades del territorio, cuando nos adentramos en un escarpado desfiladero. El tren parecía suspendido a centenares de metros del suelo y todos los viajeros contemplaban atónitos el paisaje que se abría entre gargantas.

De repente, mi mirada se posó en algo que no estaba en mi hoja de ruta, pese a tener un vagón entero de información concienzudamente filtrada.

Allí, entre gigantescos peñascos de piedra, apareció un desconcertante edificio en ruinas. No podía dar crédito a lo que veían mis ojos.

La construcción, medio derruida, emanaba más vida que su pasado. Las paredes estaban siendo devoradas lentamente por la vegetación en una extraña simbiosis. Las paredes, me hablaban sin hablar. Por suerte, mis clientes estaban tan absortos que no se dieron cuenta de mi asombro, pero sí lo hizo el pasajero del asiento a mi izquierda.

– Aunque sabes mucho de esta zona parece que hay algo que no conocías chiquilla…

– Ehem….. pues no, no me lo esperaba –balbuceé yo.

– Es un antiguo balneario- me espetó el anciano,- yo de pequeño solía jugar ahí.

– ¿En serio? ¿Ha estado allí?

– No sólo he estado, sino que crecí ahí. Cuántos años sin verlo… -murmuró el señor-. Mi bisabuelo fue el doctor del pueblecito que queda justo encima del monte. Habiendo leído estudios sobre las bondades de las aguas termales aprovechó las surgencias sulfurosas del estrecho para construir unas pequeñas instalaciones y beneficiar a los enfermos con estos baños.

– ¡Caray! Pero el edificio que se ve, de pequeño no tiene nada…

– Ya… En 1876 una riada lo destruyó todo. Fue mi abuelo con ayuda de sus hermanos quiénes reconstruyeron el recinto y agrandaron el albergue para termalistas. Mi padre y mis tíos nacieron aquí, mi familia se ocupaba del sitio.

– ¡Vaya historia…! ¿Y cuando usted era un niño lo abandonaron? Pregunte yo, cada vez sintiendo más curiosidad.

– No exactamente. El período entre guerras fue muy duro, la gente no tenía dinero para comer y mucho menos para pagar a un doctor, así que nos vimos obligados a trabajar en el campo, engordar cerdos y aprovechar los burros que bajaban antes a los visitantes como trajineros. Con un poco de todo subsistimos pero el edificio fue perdiendo su anterior lustre hasta que dio pena de verlo.

Eusebi Güell

El caballero me hablaba mirando el suelo con pose melancólica y con la cabeza a años luz de donde nos encontrábamos, pero mis ansias en vez de colmarse crecían por momentos.

– ¿Y tuvieron que marcharse?

– Bueno, de hecho las instalaciones eran públicas, nosotros nos ganábamos la vida con los huéspedes, así que, cuando en 1941 el edificio fue desafectado y lo compró un banquero para reformarlo, tuvimos que irnos a la capital.

– ¡Qué lástima! ¡Tiene suerte de haber crecido en un sitio tan bello!

Intenté sonreír pero en mi interior sentí el vacío de algo inconcluso.

– Tuvimos mucha suerte de crecer entre aguas y bosques, fue una delicia. A grandes rasgos sé que fue del balneario, ¿te lo cuento? ¿o ya tuviste suficiente con las batallitas de este anciano sin dientes?

Dijo esto último sonriendo y vi que ciertamente le faltaban algunos dientes pero su porte y sus formas eran tan afables que ni que fuera por educación debía escuchar el final de la historia.

– El adinerado banquero lo reconstruyó a lo grande, con gracia, con estilo. El albergue tenía un aire renacentista español y la fama del lugar llegó hasta la ciudad… – sus ojos claros evocaban otros tiempos -. Construyó una gran piscina, rellenando el terreno, que quedó en semi-voladizo. ¡Pero grande, grande, eh! Y ensanchó el camino, ¡como una carretera ya! Y construyó un aparcamiento para automóviles, ¡como un balcón encima de la piscina! Yo sólo estuve una vez más y era impresionante.

– Perdone, ¿cómo puede ser que de pleno esplendor llegase a tal deterioro?

– Ayyy, vueltas que da la vida muchacha… En 1978 vendió el lugar; abrieron aquí un hotel con un nombre que aludía a la realeza española, muy acorde con la decoración, y tras eso… – sus ojos llorosos no presagiaban nada bueno.

– Tras eso…-me apresuré.

– Tras eso, un devastador e increíble incendio acabó con todo, to-do.

Fue un final inesperado, la voz del viejecillo se desencajaba por momentos y a juzgar por las miradas de interrogación de mis clientes, mi rostro también.

Estábamos llegando a nuestro destino así que con un fuerte abrazo y miles de gracias me despedí del encantador abuelo. En la estación conté toda la historia a mis extranjeros que quedaron fascinados.

Por la noche, ya en la cama, pensé: “Empezar de nuevo. ¿Qué suma de dinero se necesitaría ahí? Una con muchos ceros detrás por supuesto… Y la hiedra seguirá cubriendo el lugar como en un cuento de hadas, y las rosas seguirán floreciendo año tras año a la espera de sus visitantes. Para todas aquellas personas que no crean en el karma un buen sitio a descubrir; tanto das, tanto recibes: ¡la vida eterna!”.

Xalet del Catllaràs - 1904
2018-08-02T12:35:56+02:00

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